“Las cosas que antes les producían placer no les aportan el mismo grado de satisfacción, lo que nos lleva a pensar que el déficit de sal asociado a ello puede inducir depresión”, afirman en la revista Physiology & Behavior.
No en vano, como recuerda Johnson, uno de los principales criterios para el diagnóstico de depresión es la pérdida del gusto por actividades que antes nos resultaban placenteras.
Que la sal mejore el estado de ánimo podría explicar por qué tendemos a consumir más de la cuenta, incluso cuando sabemos que eleva nuestra presión arterial y favorece el desarrollo de patologías cardíacas.
Según los últimos datos, el consumo medio de sal en el mundo actualmente es de 10 gramos al día. Sin embargo los expertos recomiendan no sobrepasar los 4 gramos diarios.
Según Johnson, nuestra aficción por la sal podría tener una explicación evolutiva. La mayoría de nuestros mecanismos biológicos necesitan sodio para funcionar correctamente. Por eso los riñones son “tan ávaros con la sal”.
También por el mismo motivo tenemos un sentido del gusto preparado para detectar la sal, y su consumo activa los circuitos cerebrales del placer. De hecho, los últimos descubrimientos indican que la necesidad y las ansias de consumir sal podrían estar vinculadas a las mismas zonas del cerebro que generan los problemas de adicción a las drogas.
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