El simpatico anuncio de Carlsberg imagina un spa de lo menos relajante: un espacio de disciplina y tortura donde los hombres y las mujeres, por separado, sufren bajo la estricta gobernanza de unas enfermeras muy poco amigables expertas en proporcionar dolor físico y miedo moral. Hasta que uno de los huéspedes entrevé el luminoso de Carlsberg y recupera una esperanza que contagia al resto.
Así, en apenas un minuto, asistimos a la preparación de la escapada (a la que contribuyen hombres y mujeres alojados en el spa) como si de una pequeña película de huidas se tratara. Una delicia que, por supuesto, tiene un final feliz que preferimos que vean con sus propios ojos.


















